El hallazgo más fascinante en los archivos de negociantes neoyorkinos y la burguesía azucarera cubana en el siglo XIX es el testimonio de una relación social y cultural mucho más profunda que lo que a primera vista se resume en intercambios mercantiles. Ante el escrutinio del profesor e investigador Lisandro Pérez en Sugar, Cigars and Revolution: The Making of Cuban New York (2018, NYU Press), salen a la luz los lazos inmateriales, la naturaleza de un intercambio que trascendió la compra y venta de bienes, para explicar cómo y por qué Nueva York sustituyó a España en el paradigma de modernidad al que aspiraban los isleños, durante un siglo que fue definitorio para la formación de nuestra identidad nacional.

William James Bennett, «South Street desde Maiden Lane, Nueva York, e                  n 1828,» 1834.
Cortesía de Metropolitan Museum of Art.

En este su más reciente libro publicado en 2018 por New York University Press, Pérez caracteriza en detalle cómo la comunidad cubana llegó a convertirse aquí en el grupo inmigrante latinoamericano más influyente de ese período histórico. Los cubanos fueron recibidos como una clase adinerada y refinada desde fines del siglo XVIII. Fue en esta ciudad donde encontraron estímulo tanto intelectuales como el padre Félix Varela, Cirilo Villaverde y su esposa Emilia Casanova, José Martí, como también refugio otros que huían de la guerra y quienes por sus ideas independentistas o anexionistas debieron exiliarse.

Lisandro Pérez hilvana con impresionante detalle historias de familias e individuos, datos de bodas, cómo y cuándo llegaron a Nueva York, compras de inmuebles y propiedades, edificios y vecindarios donde vivieron los cubanos. Impresiona la solidez del relato donde se entrecruzan datos del censo con epistolarios, archivos de negocios, otros textos históricos, fragmentos de periódicos y ensayos.

El censo de 1870 aporta datos claves que Pérez utiliza para narrar el paso por la ciudad de artistas cubanos, especialmente pintores y músicos. En el éxodo que siguió al comienzo de la guerra de 1868, llegaron artistas como el reconocido pintor Federico Martínez. Tres retratos suyos actualmente pertenecen a la colección del Museo de Bellas Artes en La Habana. Uno de esos retratos, de la niña María Wilson y Mijares, lo pintó en Nueva York en 1881. Igualmente, dos músicos, Emilio Agramonte y Pablo Desvernine, llegaron también en el éxodo de la guerra. Desvernine fue maestro de piano del joven Edward MacDowell, quien luego fue un prominente pianista americano de su generación [y para quién fue nombrada la colonia MacDowell, un retiro de artistas en Nueva Inglaterra].

Federico Martínez, «Retrato de María Wilson y Mijares,» cortesía del Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana.

“Quizás si hubiera sido historiador”- dice Lisandro Pérez en conversación con Cuban Art News– “me hubiera interesado centrarme más en la cosa literaria. Pero como sociólogo yo veo todo, incluyendo lo político, como parte de una realidad más amplia, una realidad social. Primero, quiero saber algo de la comunidad. No lo que sucedió políticamente, o que se refleja en los diarios o ensayos, sino ver quiénes eran los que vivían aquí, cuál era su composición demográfica, por clase social. O sea, me era importante tratarlo como si estuviera estudiando una comunidad contemporánea”.

El libro abarca un período histórico del cual no abundan las investigaciones en la historiografía cubana. ¿Cuánto material existe para quien se acerque a este tema?

Empecé este proyecto sabiendo que no se había escrito mucho, pero pensaba que había menos material de lo que descubrí, y que la presencia cubana era menos importante de lo que después encontré. El libro iba a abarcar hasta 1959, pero me quedé con el siglo XIX por la cantidad de material que encontré. Quizás en futuro me enfoque en el XX.

Una tienda de cigarros en Nueva York (sin fecha).
Cortesía de New York History Blog.

¿Descubrió algo que te sorprendió?

Me sorprendió lo que encontré sobre Martí. Él rompe el molde del activismo de la inmigración. El asunto de él no era solo recaudar dinero y mandar una expedición para Cuba. Él se dio cuenta de que había que establecer todo un partido, un movimiento civil, y entonces como segunda parte lo militar. Además de eso, él reconoció que el dinero de los acaudalados era muy caprichoso, no se podía confiar en él.

Yo me di cuenta de que Martí era un hombre bastante aislado en Nueva York. Y como había tenido un conflicto con Gómez y con Maceo, había mucha gente, sobre todo veteranos de la Guerra de los 10 años que no lo consideraban. Por eso tuvo que irse a Tampa y Cayo Hueso, donde levanta el movimiento, y entonces es reconocido. Eso me sorprendió. Porque yo estaba dispuesto a atribuirle grandes hazañas a Martí. Pero lo volví a descubrir con este libro.

Cuando uno lo ve en su contexto y ve la historia que lo precedió, y lo que pasa después de su muerte, realmente hizo cosas extraordinarias.

Retrato fotográfico de José Martí.
Cortesía de Lisandro Pérez.

Aunque se mencionan algunas mujeres, predominan las historias de hombres. ¿A qué se debe?

Recordemos que aquel era un mundo de los comerciantes, también de tabaqueros, donde predominaban los hombres. Menciono algunas mujeres como Emilia Casanova, la esposa de Cirilo Villaverde, y las poetas Luisa Zambrano y la Avellaneda.

No incluí la historia de Emilia Teurbe Tolón, por ejemplo, porque no me encajaba bien en la historia. Estoy seguro de que me pueden criticar por cómo presento a Emilia Casanova. Ella es una figura histórica muy venerada sobre todo por las feministas, porque no tenía “pelos en la lengua”. Era muy agresiva para el modelo de la época. Pero tenía un lenguaje tanto escrito como hablado de mucha confrontación. A ella no la trato muy bien porque me parece que causó muchas divisiones entre los cubanos durante la guerra de los diez años.

Un retrato de Emilia Casanova.
Cortesía de Lisandro Pérez.

¿Cómo describiría la manera en que se ha transformado la presencia cubana contemporánea en Nueva York?

La comunidad cubana era la más importante en Nueva York en el siglo XIX y a principios del siglo XX, entre los latinoamericanos. Ahora, hay siete grupos nacionales más prominentes que los cubanos en la ciudad.

Desde 1959, gran parte de esa presencia cubana está en New Jersey. Lo que sucedió fue que cuando empezaron a llegar los cubanos a partir de 1961 hubo un proceso de relocalización hacia Miami, aunque no fue forzado. Es decir, el gobierno de los Estados Unidos, sí estimuló que los cubanos que estaban llegando a Miami en los vuelos que venían de Cuba tomaran la opción de irse a otros sitios del país. Ellos se fueron sobre todo a ciudades grandes como Nueva York y Los Angeles, pero algunos regresaron a Miami. Igual con los que se quedaron a trabajar en otras ciudades y volvieron a Miami para el retiro.

También es cierto que las oleadas más recientes después del Mariel tenían la tendencia mucho más a ir a Miami, donde ya  vivía el 40 por ciento de los cubanos en 1970. Ahora allí está el 68 por ciento de los cubanos.

¿Cuál es su opinión sobre cómo en la actualidad se preservan las huellas del paso de los cubanos del siglo XIX por la ciudad de Nueva York?

Pocos edificios de valor histórico sobreviven. Porque Nueva York es Nueva York.

Si estuviéramos hablando de La Habana, por ejemplo, todavía los edificios del siglo XIX y antes estarían ahí, como Eusebio Leal en la casa de Arango y Parreño. Pero Nueva York se renueva constantemente. Solamente un par de los edificios que menciono en el libro permanecen en su lugar original.

Un lector lee a los trabajadores de una fábrica de cigarros, c. 1900.
Cortesía de Mashable

Nueva York está lleno de “historical markers”, pero hay muy poco de los cubanos. La huella física más evidente que falta, aunque ha habido algún tipo de campaña al respecto, es para indicar donde estaba la oficina de José Martí. Lo que tenemos es la estatua de Martí en el Parque Central.

En parte yo creo que el hecho de que no exista tanto reconocimiento se debe a que no se ha escrito la historia. Pero uno no puede quejarse de que no se reconoce la historia, si uno no hace el intento de escribirla. Yo trato de llenar ese vacío.

Cortesía de John Jay College, CUNY.
Lidia Hernández Tapia (Holguín, 1991) Tiene una Maestría en Periodismo bilingüe en la CUNY Graduate School of Journalism, en New York. Estudió Licenciatura en Periodismo en la Universidad de La Habana (2013). Ha escrito para varios medios de prensa en Cuba y Estados Unidos.