Luis Miret, a la derecha, con artistas cubano-norteamericanos en la programa de Dialogues in Cuban Art, La Habana, 2015.
Cortesía de Dialogues in Cuban Art.

En algunos de mis recuerdos, Luis sonríe—la sonrisa llegaba fácil a su rostro; era el rasgo más visible de un optimismo que nunca le abandonó—y conversamos, en una oficina del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, en La Habana, a inicios de los años noventa. En esa institución él se ocupaba de cuestiones económicas, y nuestros contactos iniciales sucedieron, si la memoria no me falla, a propósito del interés de los coleccionistas Peter e Irene Ludwig en el arte cubano de esa etapa.

De modo que nos conocimos e iniciamos nuestra amistad durante esa década—de transformaciones para el arte de Cuba, y de rápido aprendizaje para Luis—. Sus responsabilidades, en cuestiones de economía y finanzas, le permitieron ser testigo de primera fila de la renovación artística que tuvo lugar entonces, durante los años difíciles del “período especial”.

Tonel (Antonio Eligio) y Luis Miret en la feria de Zona Maco Sur en México en 2013.
Cortesía de Tonel (Antonio Eligio).

Puede afirmarse que Miret creció profesionalmente junto a varios de los artistas con quienes trabajaría—a veces en un proyecto particular; otras veces sistemáticamente y a largo plazo—tiempo después, ya como galerista: José Toirac, Carlos Garaicoa, Los Carpinteros, Carlos Quintana, Roberto Diago… Aunque, valga decirlo, en su profesión de galerista no se guió nunca por diferencias generacionales. Promovió el trabajo de artistas de diferentes generaciones—de Manuel Mendive y Roberto Fabelo a Marta María Pérez, Alex Hernández, y Ariamna Contino.

Una vista de Atlas. Ariamna Contino en Galería Habana, 21 de marzo–18 de abril de 2014.
Cortesía de Galería Habana.

Su motivación fue siempre la calidad de las obras, y por ello abrió las puertas de La Casona, y después de Galería Habana, a proyectos disímiles, personales y colectivos (de Carlos Montes de Oca, René Francisco Rodríguez, Eduardo Ponjuán, Felipe Dulzaides, Wilfredo Prieto, Tania Bruguera, y tantos otros), cuyos resultados no pueden cuantificarse en la inmediatez del mercado. En su gestión comercial y de promotor, trató de equilibrar la calidad del arte que presentaba con las preferencias de los coleccionistas, y con las oportunidades que se fueron abriendo, muchas veces gracias a su propia gestión, en el mercado del arte cubano, dentro y fuera del país.

En el 2002—me encontraba entonces en la Universidad de Stanford—recibí un mensaje electrónico de Luis, quien me proponía realizar una  exposición personal en La Casona, la galería de La Habana Vieja que él había comenzado a dirigir, no mucho antes. Esa exposición, titulada Conversación con ‘La primera carga…’, tuvo lugar al año siguiente, y consistió en dos instalaciones realizadas in situ, que diseñamos para cada una de las salas contiguas de aquel espacio. Luis apoyó sin reservas este proyecto, de carácter experimental y que, en mi opinión—y a pesar de un par de reseñas favorables—resultó medianamente desconcertante para el público y la crítica habaneros.

Cartel para Tonel. Nada que aprender, 2010–2011, en Galería Habana.
Cortesía de Galería Habana.

Su interés en mi trabajo fue sostenido, y su apoyo llevó mi obra a ferias, subastas, varias exposiciones colectivas en La Casona y Galería Habana, y una segunda exposición personal—Nada que aprender(2010-2011)—en esta última galería. Su generosidad me permitió conocer y entablar amistad con coleccionistas, galeristas, y artistas de Cuba y de otros países.

Durante el verano del 2016 asistimos juntos a la feria Art Hamptons, en Nueva York, a la cual fui invitado, a sugerencia suya, para intervenir en un panel. En colaboración con Alex y Carole Rosenberg, Miret diseñó una muestra de arte cubano anunciada por los organizadores de la feria como el plato fuerte del evento, y que incluía talentos de mucho renombre junto a otros menos conocidos. Esta selección resultó tremendamente exitosa, y el estand se convirtió en un punto de reunión para antiguos y nuevos amigos, gracias en buena medida a su don de gentes.

Una vista de Artchipelago (Because every artist is an island), la exposición presentado en Art Hamptons en junio de 2016.
Cortesía de Galería Habana.

En esos días, él y yo trabajamos en otra idea sobre la cual habíamos conversado durante meses: una exposición personal que yo realizaría en Galería Habana, en septiembre del 2016, y que según me dijo, sería su último proyecto como director de esa institución, pues había anunciado ya su retiro.

Cortesía de D-Cuba.

La salud de Luis dio un giro negativo durante el verano pasado, y ello le alejó del trabajo por algunos meses. En agosto decidimos posponer mi exposición personal, y en octubre, cuando se encontraba convaleciente de una operación, le visité, junto a uno de nuestros amigos comunes, el artista Rigoberto Mena. Al despedirnos, me abrazó y me confirmó que reiniciaríamos el trabajo en mi exposición, apenas su salud se lo permitiese. Un día, en febrero de este año, nos encontramos de improviso en la calle, al final de la tarde, muy cerca de su casa habanera, y conversamos sobre su próximo viaje a México, sobre amigos y proyectos, y por supuesto sobre su salud, que él me dijo mejoraba.

Luis Miret.
Cortesía de La Jiribilla.

Luis Miret quedará asociado por siempre, como promotor y galerista, al tránsito del arte cubano del espacio local al global: del “renacimiento” de los ochenta (fenómeno intenso, explosivo, y de repercusión limitada, más allá de La Habana) a la expansión hacia rincones lejanos, por sobre una cartografía muy amplia que él contribuyó a definir, desde su modesta oficina de la calle Línea, en El Vedado.

Dicho en términos demasiado simples, Luis fue el hombre adecuado en el momento preciso: alguien que asumió responsabilidades significativas en el entorno del arte hecho en Cuba, y que como norma, no defraudó ni a los artistas, ni a los múltiples actores, cubanos y foráneos, con quienes debió negociar constantemente. Trabajó siempre en un espacio difícil, informado por las peculiares circunstancias socioeconómicas y políticas de Cuba, y por el modo en que tales circunstancias influyen todo cuanto corresponde a la cultura y al arte, incluyendo, por supuesto, su comercio.

Luis Miret supo responder a la encomienda, colocando el arte cubano de su tiempo en algunos de los espacios más visibles del ámbito internacional. Su vida, interrumpida de modo abrupto y trágico, cumplió una trayectoria extraordinaria, en lo personal y en lo profesional. Su legado, entretanto, se encuentra hoy a la vista de todos, en la escena bullente, contradictoria y expansiva del arte de Cuba, que él supo comprender y apreciar como muy pocos.

Tonel (Antonio Eligio) (1958, La Habana). Cursa estudios de Licenciatura en Historia del Arte en la Facultad de Artes y Letras, en la Universidad de la Habana. Es artista, historiador del arte, crítico y curador.