Paisaje campestre, 1913
Cortesía Museo Nacional de Bellas Artes

Cuban Art News se concentra fundamentalmente en el arte actual. Sin embargo, de vez en cuando, deseamos mirar atrás, hacia artistas y tendencias de otros tiempos—sobre todo por nuestros lectores fuera de la isla que no están tan familiarizados con la historia del arte cubano. Nos complace entonces compartir con uds otro ensayo de MSc. Delia Ma. López Campistrous, curadora del Museo Nacional de Bellas Artes, que reflexiona aquí sobre la obra al principio del siglo XX del artista Antonio Rodríguez Morey.

Yo sueño en un país de eterna bruma …
(Aegrisomnia, Julián del Casal)

En las postrimerías del siglo XIX, el campo del arte asiste al canto de cisne de los estilos y al nacimiento de la polifonía de los “ismos”. Movimientos en ningún modo sucesivos, sino paralelos y en ocasiones entremezclados, anunciaron posturas de raíz antiacadémica y de profunda sensibilidad espiritual y mística. Ya no cree el hombre nacido en el siglo de los adelantos científicos, en el evolucionismo social. La honda pobreza espiritual y física que viven grandes masas de población producto del acelerado desarrollo técnico, invita a la búsqueda de nuevos arquetipos.

Las vías de modernización del arte no siempre optan por posturas vanguardistas, rupturas formales o audacias técnicas. Incluso el tecnicismo implícito en las propuestas impresionistas, despierta la suspicacia de algunas tendencias finiseculares, que las consideran por momentos como nuevas ataduras a un modo diferente de academicismo científico. La madeja estética del Cambio de Siglo es abismalmente ecléctica, y en sus contornos difusos se perfilan las búsquedas propias de nuestro arte, en los inicios de la República.

Antonio Rodríguez Morey (Cádiz, España, 1872 – La Habana, 1967) educado entre la decana de las escuelas de arte en Cuba y diversas academias y talleres de Italia, vivió, como pocos de sus contemporáneos, esa lucha finisecular entre lo novedoso y lo bello. Actor público en el escenario del arte como director del Museo Nacional de Cuba, fue también fundador de instituciones de prestigio en la República, profesor de la Academia de San Alejandro, ilustrador y director artístico de importantes revistas en su época, creador multipremiado por su obra pictórica y cultural

Más allá del discurso de rigor en alguna Academia, la persistencia del Morey escritor en la prensa republicana puede hablarnos de sus inclinaciones e influencias. De un hombre que respeta la tradición y la historia como reservorios de cultura, que puede discursar sobre el Cementerio de Pisa o de la Galería de la Academia de Florencia como de templos de las Musas; un artista capaz de mover un “motivo” por la historia del arte y hacer, al final, sus elecciones estéticas como hijo de su tiempo.

Rodríguez Morey se consideró a sí mismo un romántico tardío. No erramos en considerarlo nuestro más auténtico simbolista –o idealista, que fue el vocablo más extendido en Cuba para este movimiento. Como muchos, no se pudo desasir de la veta lírico-decorativa, que como súmmum de la belleza ideal, y la naturaleza virginal de la especie humana, se materializa en la hermosura femenina. No hay un contenido directo de mitos conocidos: sus muchachas pensativas y serenas parecen gestar reflexivamente cada rosa, cada mínima margarita que alegra el pasto, una a una las mariposas que revolotean en la túrgida floresta.

Ninfa
Cortesía Museo Nacional de Bellas Artes

Pese a su admiración por la obra de Franz von Stuck, las gráciles Ninfas pelirrojas de Morey se reconocen por los pudorosos desnudos que envidiaría alguna femme fatal del alemán. Carnes que no despiertan sino el deseo supremo de lo Bello. Su paso hace germinar la primavera, su música espabila los espíritus que hibernan. Una bruma de alas, una luz cargada de polen, unos tules que ocultan y que muestran.

Es el mismo artista que piensa en las batallas no como pintura de historia, sino como valor plástico que permite recrear la perfección del cuerpo desnudo sugerido, un motivo pictórico que en elipsis se remonta a la metopa griega. Es un tardo romántico, un idealista como él mismo dice, un hombre que busca la belleza absoluta fuera de su tiempo. Belleza clásica, cromatismo delicado y preciosista, aura de irrealidad o realidad soñada, espoleada por el puro amor del arte.

… donde el húmedo ambiente se perfuma
con la savia fragante de los pinos,…
(Aegrisomnia, Julián del Casal)

No hubo nadie más cubano que este artista nacido en España. Morey obtuvo su Carta de Naturalización en el año 1910, pero en no pocas ocasiones hurtó de su biografía el hecho de no haber nacido en la Isla. Capricho del destino, su vida para él comienza cuando sus padres emigran a Cuba en el año 1877. Y será la naturaleza amada de Cuba la que dará a su obra madurez definitiva.

Carruaje en la noche
Cortesía Museo Nacional de Bellas Artes

El paisaje ejerce un fuerte atractivo en Morey desde su temprana juventud. Alumno de Valentín Sanz Carta y Miguel Arias, los primeros maestros se cruzarán siempre en su paleta. Incluso cuando el motivo lo enfrente a un escenario urbano, la concepción escenográfica gravitará en el concepto de que la verdad del arte está en la realidad misma. Trabajó la noche, la luminaria artificial y los reflejos irradiados de un pavimento recién llovido, pero nunca como Casal pudo decir “Tengo el impuro amor de las ciudades…”. Su amor a la luz crepuscular es el amor al campo, su musa mística es la palma.

Los más logrados paisajes de este artista apuestan por diagonales encontradas: una quebrada en la campiña italiana, la triste aldea que ve a dos jóvenes decir adiós a su progenie, los agrestes pastores que entonan su caramillo para solaz de ninfas fabulosas, o un bosque y riachuelo de Cuba; la composición en zonas piramidales contrapuestas permite que un trozo de cielo penetre el horizonte. Maridaje feliz de tierra y paraíso, el día plomizo y el luminoso abril parecen piezas arrancadas a un lienzo de Tintoretto, admiración por el pasado renacentista que se incorporó al repertorio estético del simbolismo y se vio reinterpretado en clave de un subjetivismo pictórico que Morey fue capaz de trasladar al paisaje.

Quietud en la tarde
Cortesía Cernuda Arte

Se ha dicho que Rodríguez Morey es el pintor de los paisajes húmedos. En voz de Domingo Ramos oiríamos la frase: “obras de ideas y sentimientos” para describir el acercamiento del maestro a la naturaleza cargada de presagios. La atmósfera de Morey describe sentimientos bucólicos, es metáfora de estados anímicos de hondo lirismo, más que de tristeza de añoranza.

Así escoge ese tiempo al borde de la noche, esos cortes y accidentes de la topografía, ese evento atmosférico que barrerá con la lluvia el polvo del camino, que limpiará la noche.

Pero la palma… esa constante del paisaje cubano, con el talle esbelto buscando las alturas, definirá la nota vertical de la campiña. Ya en el rosa-naranja de la tarde, en el crisol de un amanecer que se refleja en la charca o en el trozo de río, el arresto de la palma se alza sobre el framboyán, sobre el bohío, sobre el guajiro y su ganado, sobre el coche. La presencia humana queda empequeñecida por la realeza de la palma. En la palma alcanza su simbolismo crítico el paisaje.

El Cambio de Siglo no erigió una respuesta unívoca en cuanto a lenguajes artísticos; más bien se regodeó en la disimilitud de tendencias estéticas que convivieron en esa franja temporal. Situado para Europa entre fechas cercanas a 1880 y hasta 1920, todavía está por discernir su real duración para el arte cubano.

Muchas veces el artista americano asiste, en sus viajes de estudios, al múltiple panorama europeo como el comprador ante un catálogo donde puede elegir sin compromisos. Desprovisto el arte finisecular de lazos estrictos que ataran las poéticas artísticas a lenguajes plásticos preestablecidos, este proceso de modernización no vanguardista, tomó y ajustó, aprehendió y modificó, sus hallazgos en el viejo continente. Como en una colección, la suma alcanzó una magnitud que supera la mimética adición de sus partes.

Dentro de este vitral, desmantelado y recompuesto en América, jugó su papel cohesionador el impresionismo español. Sorolla, con sus triunfos en los Salones madrileños y en las Galerías de norteamérica, se impuso en el ideal canónico de la época, donde la esfera de circulación del arte alcanzaba mayor autonomía desasida de los certámenes académicos.

Sorolla triunfó en las colecciones, de un modo que no le era desconocido a Rodríguez Morey, quien en la década del veinte logró -no sin esfuerzos- que el presupuesto estatal para incrementar las colecciones de arte del Museo Nacional, se concretara en la adquisición de uno de los primeros cuadros del valenciano en La Habana.

Dama pescando
Cortesía Museo Nacional de Bellas Artes

Cuba, isla bañada por tórridas aguas, no fue ajena al luminismo. Todavía en 1943 Guy Pérez-Cisneros señalaba: “determinadas tendencias de la pintura actual es hija del gusto de las clases ricas cubanas de principios de la República; estas compraron obras españolas, académicas, sorollescas e impresionistas (…) y sobre todo Sorolla”.

Siempre hubo imitadores, sin embargo, la huella sorollesca en esta hornada de artistas finiseculares como Rodríguez Morey, debe leerse desde aristas vernáculas, que corren junto a las búsquedas por delinear desde lo formal un arte propio, que se aferran a temas como el paisaje donde se alcanzan notas de identidad indefectible, y también, por una puesta al día con el gusto cosmopolita de un mercado que otea hacia nuevos “ismos”.

Los ensayos luministas de Morey tuvieron una poética propia y se restringieron a obras íntimas, de pequeño formato, donde la libertad formal alcanza el divertimento. Tanto en Morey como en muchos de sus coetáneos, no es la pincelada yuxtapuesta lo que identifica la técnica, sino el interés por la luz, la reverberación solar en el “dientes de perro” y en las playas.

La transparencia de la atmósfera tiene reminiscencias de ese realismo sanzcartiano que nunca lo abandona; y el trazo suelto, que se recrea en gamas que transitan de la monocromía al empleo de complementarios, busca la emoción sensitiva, el sentido subjetivo u onírico de la escena, ese simbolismo de raíz romántica que llevara Morey al paisaje cubano.

Escoger hitos de una trayectoria artística arroja más interrogantes que respuestas. Este Antonio Rodríguez Morey que vemos en sus cuadros, uno y diverso, polifacético buscador de la belleza, vivió hasta el último aliento la coherencia del amor a la cultura patria.

Nos ayuda a entender que, una ojeada real a la producción pictórica del tránsito entre siglos, debe emprenderse superando el fragmento. En tanto, podemos aseverar que fue todo un cubano este pintor que por error de la historia nació en Cádiz: equívoco que él corrigió con su arte.

Delia Ma. López Campistrous. (Santiago de Cuba, 1964). Graduada en la Universidad de la Habana, Máster en Historia del Arte. Es curadora de arte cubano de Cambio de Siglo en el Museo Nacional de Bellas Artes. Se ha especializado en estudios de arte religioso y coleccionismo de arte.