Lázaro Saavedra durante la presentación del 2014 Premio Nacional de las Artes Plásticas en deciembre
Foto Alain Cabrera cortesía de Art on Cuba

Cuando Lázaro Saavedra consiguió hacer de la crisis personal un tema más de su obra, supo en ese instante que había superado la primera fractura grave en su profesión. Eran los inicios de la década de 1990. Había pasado de ser un egresado del Instituto Superior de Arte -dispuesto a comerse el mundo- a convertirse en obrero de la construcción popular, “las microbrigadas”. Sin premeditación, tomó un puñado de marcos barrocos y colocó en ellos algunos de los diplomas de “trabajador destacado” que le habían otorgado. Así nacía Curriculum Vitae, pieza hecha en un contexto completamente ajeno al arte; solo una mentalidad poco convencional como la suya conseguía transformar en arte una experiencia desagradable. Lázaro Saavedra había probado entonces, a partir de su propia historia, que mientras más lejos permanecía del arte, más cerca de él estaría.

“Me atraen mucho las paradojas, he conseguido hacer de ellas una constante en mi creación, no solo a nivel formal, sino también a nivel conceptual”, comenta ahora el artista, veinte años después.

Premio Nacional de Artes Plásticas 2014

Aunque tres décadas lo separan de sus inicios en los años 80, Lázaro todavía cree en el poder supremo del arte como medio efectivo de comunicación. Galardonado hace días con el Premio Nacional de Artes Plásticas, la distinción oficial que Cuba reserva para sus artistas, no ve los obstáculos como elementos inherentes a una época, sino como modos de probarse a sí mismo como creador, en la medida en que sea capaz de superarlos. “A diferencia de la ciencia, donde solo cabe una respuesta, en el arte es posible proponer varias opciones. El artista tiene una sensibilidad diferente, ve cosas donde los demás no ven nada”.

Cuando este año viajó a Sao Paulo para participar en la bienal de esa ciudad, una cosa teníaclara: debía llegar y sentir el espacio para luego crear. Los organizadores de la bienal conocían ya su trabajo. Entre las piezas que conformarían su presentación, acordaron que estaría la pieza Software Cubano (2012), mientras el resto sería producido por la improvisación del artista.

Una vista parcial de Lázaro Saavedra, Bajo Presión, 2014, instalado en la Bienal de São Paulo
Foto cortesía de Lázaro Saavedra

De esta forma, Lázaro pretendía reeditar lo hecho en Río de Janeiro 2012 -con su obra Entre Trópicos- donde aludía al sistema de trabajo en los 80. Entonces solía enfrentarse a una pared vacía llevando solo algunos elementos previamente construidos, el resto se salía de su control, dependía de la improvisación.

Un detalle de Lázaro Saavedra, Bajo Presión, 2014
Foto cortesía de Lázaro Saavedra

“En los 80, los artistas nos creíamos un futuro. Aunque fuera mentira, aunque no existiera, aunque lo hubiéramos sobredimensionado de alguna manera. Las generaciones de hoy no ven ese futuro, al menos no en Cuba. En mi época había artistas que priorizaban los proyectos nacionales por encima de los internacionales. Eso ahora es impensable”. Nosotros éramos optimistas, creíamos que el arte era una de las formas para cambiar los problemas”.

Un detalle de Lázaro Saavedra, Bajo Presión, 2014
Foto cortesía de Lázaro Saavedra

Primero fue René Francisco en 2010, luego Ponjuán en 2013 y ahora es Lázaro quien recibe el Premio Nacional. Aunque hay un reconocimiento general implícito, él y sus contemporáneos coinciden que no fueron plenamente comprendidos en su momento. Un fenómeno ciertamente repetido en la Historia del Arte y cuya justificación, según Lázaro, radica en entender cómo “a través del tiempo se develan otro tipo de mecanismos, y el contexto aporta elementos que habían sido pasados por alto”.

Lázaro Saavedra, Detector of Ideologies, 1989
Cortesía de Galería Nuble

Le pregunto: ¿En este punto de su carrera ya no le preocupa ser incomprendido?

“Eso le preocupa a cualquier persona que trabaje con mecanismos de comunicación,” me contesta. “Y el arte es uno de ellos. Cualquier tipo de ruido entre el producto y la persona que consume implica un conflicto. Como artista,intento que mi obra sea comprendida por la mayoría de las personas. Desde el Instituto Superior de Arte defendí que el proceso de comunicación no tenía que ver absolutamente nada con la complejidad del contenido de la obra. Por eso he insistido en el trabajo inmediato, pero complejo a la hora de consumirse. No sólo me interesa exponer en las paredes de las galerías o los museos, sino también en las paredes de la mente”.

Un cuadro del video por Lázaro Saavedra, Sindrome de la sospecha, 2004
Cortesía de Galleria Bianconi and Artibune.com

Sin embargo, concebir obras con esos niveles semánticos implica para Lázaro ciertos grados de autocensura. Él lo sabe. Cuando trabaja en su estudio, se da el lujo de la libertad plena, pero al plantearse el destino final de las piezas admite someterse a determinados filtros. Con su afinado sentido del humor, cuenta que jamás se le ocurría pretender exponer una obra satánica en el Vaticano, por ejemplo.

Pero su ingenio ha hecho de todo, desde los básicos instintos del dibujo que practicaba de niño y continua hoy en sus cuadernos, hasta la pintura, el video, la instalación o la performance. “Lo estético está más allá de lo artístico, y lo artístico está todo el tiempo tratando de robarle terreno a lo estético”, comenta.

En un temprano autobalance de todos los elementos que formaban parte de su producción, el humor fue el único que se le escapó a Lázaro. “Es algo que fluye natural, sobre lo cual nunca llegué a racionalizar. Nunca me he reído con ninguna de las obras que he hecho. El humor funcionó a medida que mi obra se fue desarrollando, y comprendí que era un ingrediente que llamaba la atención, incluso desde la época en que no era artista y solo hacía dibujos”.

Uno de los recursos que ha utilizado para hacer fluir mejor ese humor en sus obras ha sido la representación de un personaje, que ha funcionado en ocasiones como alter ego. Fue él también una especie de autoconsciencia, recalca ahora Lázaro, un elemento que no hubiera conseguido materializar con de no haberse decidido por los caminos del arte en los 80.

Lázaro Saavedra, Un ataque de asma, 1992, de la serie Metamorfosis
Cortesía de The Farber Collection

“Quería hacer visible dentro de las obras mis procesos de pensamiento y las posibles reacciones del espectador. Fue ahí donde el lenguaje del humor gráfico vino en mi ayuda. A través de los personajes y los comentarios pude materializar esos conflictos internos del proceso de creación. Al mismo tiempo, me estaba manifestando a nivel público con mi obra, y quizás pude desplazar el sistema de la obra de arte hacia un sistema donde ella era un elemento más,dentro de un complicado sistema de interconexiones. El alter ego penetraba cada una de esas ideas, pero es muy difícil definir donde empezaba él y terminaba yo. A pesar de que ha sido una constante en mi obra a nivel conceptual y formal, delimitar sus fronteras es muy complicado.

En este punto decido hablarle del comentario político en su obra, pero quiero que sea él quien encauce el análisis. Le pregunto entonces: ¿Es Lázaro Saavedra un arista político?

Él se queda en silencio por un buen rato, luego me dice que le vienen muchas cosas a la cabeza. Me hace un poco de historia, dice que lógicamente la relación con la política no es cosa nueva, y menciona a Courbet, por ejemplo. Las zonas de mestizaje en el arte son de una riqueza indefinida.Entonces me habla de Enema, su proyecto junto a estudiantes del ISA, y la obra Suelo Raso, una performance que pretendía crear el concepto de cuerpo colectivo. Fue iniciado a las 2 a.m. en el poblado de Santiago de las Vegas y terminó en el santuario anti-leproso del Rincón aproximadamente a las ocho de la mañana, en medio de una procesión religiosa a San Lázaro. En ese lugar, ni sus alumnos ni él pudieron determinar dónde terminaban las fronteras entre arte y religión. Vuelvo a preguntarle por la política… y me responde que sucede lo mismo.

“Cuando a un artista le ponen el cartelito de político es porque ha trasgredido las fronteras y ha entrado a lleno en la política. Sin embargo, para ser un político, el artista de alguna manera tiene que renunciar a los mecanismos de expresión que le brinda el lenguaje artístico. No me gusta definirme como un artista político, pero estoy consciente de que me he movido en zonas, en las cuales he llegado a trasgredir determinadas cuestiones. Muchas de las piezas que puse en Galería I-Mail (2007)(iniciada el debate intelectual conocido como “guerrita de los emails) tenían este carácter. Me interesa cómo se gestiona la ciudad, ese sentimiento se va a filtrar a través de los contenidos de mi obra, desde este punto de vista sí pudiera funcionar como un artista político”.

Una vista parcial de la instalación de Lázaro Saavedra en el pabellón cubano de la Biennale de Venecia en 2013.
Cortesía de universes-in-universe.org

Cada uno de esos conflictos internos, Saavedra los va consignando en sus cuadernos de papel, especies de archivos a los que siempre regresa cuando es tiempo de analizar el pasado y descubrir las inconsecuencias. Si se tratara de otro artista, quizás el Premio Nacional fuera una buena oportunidad para esos replanteos. Sin embargo, a Lázaro lo acompañan las paradojas, y el premio -más que oportunidad de cuestionamiento u orgullo personal- implica un problema: el del compromiso. “Yo no lo veo solamente como algo que he ganado, sino como algo que a partir de ahora debo defender y mantener. Hasta cierto punto no me he ganado un premio, sino una carga, porque hay muchos años por delante. Antes creía que una persona de 50 años era alguien muy viejo, ahora pienso que la vida comienza a partir de los 50 años”.

Aquí, un video entrevista con Saavedra por Havana Cultura.

Lianet Hernández (Artemisa, Cuba, 1989) Licenciada en Periodismo por la Universidad de la Habana. Trabaja en Casa de las Américas, y colabora habitualmente con la revista OnCuba.