Kcho, Vive y Deja Vivir (2006-2012)

El visitante que hasta el mes de Abril ascienda la alta y fatigosa escalera del teatro García Lorca, situado frente al Parque Central de La Habana, será sorprendido por un cambio inusitado. La planta superior del edificio de estilo ecléctico (construído en 1914 por el arquitecto belga Paul Belau para sede de la comunidad gallega en Cuba) es el espacio inmenso que ha sido intervenido por el reconocido el artista cubano Alexis Leyva (Kcho) para “Sacrificio en la Encrucijada”, su más reciente exhibición personal.

“Sacrificio” no es una muestra individual común. Y no precisamente por el background sonoro que rodea al visitante: los pasos de baile que se ejecutan en las cercanas salas de ensayo y se mezclan al sonido chirriante de algunas de las obras instaladas. A las expectativas creadas por “Sacrificio”… contribuye el hecho, como señala la curadora cubana Corina Matamoros en palabras de catálogo, de que “pocos artistas del patio han sido tan impertinentemente analizados, y escasas obras examinadas con tanto furor y vehemencia como las suyas”. Abel Prieto, ex Ministro de Cultura y escritor cubano, definiría la muestra desde otro ángulo: …“ se trata de otra versión del “combate sin término” contra el sinsentido y la dispersión de un gran artista que es al mismo tiempo un gran ser humano y un gran revolucionario”.

Con una fulgurante carrera desde los años 90, pero sin una muestra individual sólida en Cuba desde hace varios años, el anuncio de la celebración de “Sacrificio…” desató desde temprano el interés por saber qué escondía Kcho bajo la manga. Nadie podrá obviar el hecho de que su instalación “Regata”, expuesta gracias a Lillian Llanes en la Bienal de La Habana en 1994, no sólo impuso en el imaginario visual cubano la (ya dilatada) ecuación balsa=isla, sino también contribuyó a modificar las orientaciones temáticas de las bienales internacionales de arte. Rodeada por la oscuridad del Período Especial, bajo los acordes de las trompetas del Fin de la Historia, La Habana introducía una visión transmigratoria, “móvil”, del Tercer Mundo, donde las fronteras y culturas eran fragmentadas como piezas de Lego y trasladadas por los emigrantes a los centros metropolitanos. Berlín, Zurich o Londres comenzaron a redescubrir los artistas “no occidentales” alojados en sus territorios, y prestaron atención a los cánones interpretativos que proponían. El “otro” se hizo chic. Poco tiempo después, bajo las políticas de la administración Clinton, el arte cubano que emergía después de los años 80 se hacía presente para la academia y los coleccionistas de Estados Unidos.

Dedicado al trabajo comunitario en zonas desvastadas de Cuba y en Haití, coordinador de intervenciones urbanas y murales políticos de efímera duración y valor, diseñador de interiores de restaurantes de alto standing (Kike and Kcho) y protagonista de frecuentes apariciones junto a líderes de la Revolución Cubana, la comunidad de críticos, artistas y coleccionistas se preguntaba si la creación de Kcho habría logrado sustraerse del impacto de la fama y el adormecimiento crítico que sacude zonas del arte cubano e internacional, diagnóstico resumido como “síndrome de Ricos, Gordos y Famosos”. Sin embargo, “Sacrificio…” se aparta elegantemente de este debate inconcluso, y se adentra en otras zonas de la cultura visual contemporánea.

Ya en la conferencia de prensa, Kcho declaraba que el próposito de esta exhibición era mostrar al público cubano creaciones poco conocidas en la isla, más que deslumbrar con obra “fresca” como es usual en las muestras individuales. De ahí que –con una excepción, precisamente la instalación que da nombre al evento – la mayoría de las 12 obras seleccionadas proceden de los años 2000-2009, sean instalaciones, ha sido incluído un video (El Intruso), y han sido colocadas pantallas junto a algunas piezas para mostrar imágenes complementarias. Casi todas las piezas proceden de la propia colección del artista, como la extensa cantidad de dibujos –muchos creados entre 1989/1994- exhibidos en la sección “Memoria construída”.

Es decir, el operativo museológico desplegado en la sala superior del teatro, con sus textos en pared (pladur), el plegable, el periódico impreso, han sido concebidos con un propósito didáctico o de “reencuentro” con el espectador natural de la obra del cubano. El centro de esta puesta en escena es Kcho, quien en los créditos de las publicaciones aparece como creador del Concepto y Curador. Lo acompaña en este empeño su propio equipo de producción: Kcho Estudio, cuya nómina incluye no sólo numerosos asistentes de montaje sino también responsables de Proyectos-Archivos-Relaciones Públicas, Economía y Finanzas, Informática entre otros.

Es un equipo creado para dar respuesta no sólo a la certificación de su extensa obra sino también a la producción con destino a exposiciones, coleccionistas, galerías y museos de todo el mundo. En este despliegue de la industria cultural cubana, a Kcho lo preceden otros teams de propósitos similares también creados en torno a artistas carismáticos y de proyección internacional: Garaicoa, Esterio, Tania Bruguera, Yoán Capote, René Francisco, Los Carpinteros, Arrechea.

En estos equipos, algunos más visibles y organizados, otros bajo el principio de outsourcing, el artista se distancia generalmente de la fabricación directa de la obra en virtud de sus complejidades técnicas. La autoría individual, “romántica”, es canalizada a través de los procesos tecnológicos, y funciona más como el británico Damien Hirst o los maestros de los talleres renacentistas. A diferencia de Los Carpinteros o Arrechea, donde la poética de las obras ha asimilado un acabado high tech, las piezas de Kcho mantienen la factura “salvaje”, ruda, “tercermundista”, que le caracterizó desde sus inicios.

Kcho es un artista que disfruta del desafío y el esfuerzo físico. Es el tejedor de un dibujo infinito, como si describir los objetos con lápices y creyones fuese su manera esencial de aprehender el mundo, más allá de conceptos e ideologías abstractas. Siempre se ha autodefinido como un dibujante que se proyecta hacia la escultura para construir en el espacio real aquellos artefactos que minuciosamente describe en incontables hojas. “Memoria Construída” (1989-2011) deja testimonio de este quehacer sin fin. Es el nombre con que se define la primera (y una de las más interesantes) secciones de la muestra; una amplia habitación en cuyas paredes cuelgan presillas con incontable cantidad de dibujos (arrugados, estrujados, llenos de tierra, rotos en otros casos) y en cuyo centro una mesa permite abrir pulcros cuadernos de dibujo, marcados con fechas en sus tapas duras.

“Memoria…” es como la fragua de Vulcano, el espacio donde Kcho revela las profundidades impúdicas de su creación cotidiana. Eso sí, es imprescindible colocarse guantes blancos para recorrer los dibujos, en lo que constituye un dispositivo evidente de musealización de los mismos, procedentes de la colección del artista. Mientras hojeaba con mano enguantada uno de los grupos en la pared, alcancé a descubrir una obra conceptual: en pleno verano de 1994, Kcho convocaba a una competencia de balseros en los que éstos participarían con sus propias embarcaciones.

Es interesante hacer notar esta consciencia museal (museum consciousness) o consciencia de coleccionismo (collecting consciousness) en un artista contemporáneo, pero este sentimiento puede ser contradictorio en ocasiones. “David” es un muelle flotante de 15 metros de largo, hecho con madera y barriles de metal, que reproduce en su diseño una posible versión de la conocida escultura de Miguel Ángel. El video acompañante lo muestra en su emplazamiento original, flotante y majestuoso, en una playa, sirviendo como trampolín, como obra de arte funcional para el disfrute de niños y bañistas. Como obra efímera, perecedera, imaginé que su fin era permanecer eternamente en esa playa azul, batido por las olas y el salitre que poco a poco irían zafando las cuadernas, oxidando los tanques, hasta que el David” desaparecería devorado por la naturaleza. Sin embargo, Kcho lo ha extraído del contexto original (se aclara pertenece a su colección privada) para colocarlo en la sala, junto al video, como si se tratara de una escultura a contemplar, como un objeto desfuncionalizado, convertido en un simulacro de sí mismo.

La misma paradoja sucede con “Vive y deja Vivir” (2006-2012), acumulación de ladrillos de barro ahuecados por Kcho, quien los presentara inicialmente en la Plaza Vieja durante la bienal del año 2006. En una acción registrada por un videoclip frecuentemente transmitido por la televisión cubana, los habitantes de la ciudad se llevaban presurosos los ladrillos a sus casas en carretas y bicicletas (eran gratis), devolvían el ready made de Kcho a su contexto funcional. Entre las piezas para “Sacrificio…”, esta obra fue incluída, ahora escenificada (renacted) por una pared cubierta con dichos ladrillos, una rampa de madera y una carretilla, usadas en construcción. Es como si las herramientas para-ficcionales usadas en un museo histórico fuesen exactamente aplicables para el arte actual. Sin embargo, ladrillos y herramientas de trabajo permanecen como señales mudas de una falsa reconstrucción mientras la pantalla proyecta la documentación viva de la apropiación social.

Como mise en scene, uno de los puntos a favor de “Sacrificio…” ha sido sin duda la selección del amplio container de estilo ecléctico erigido en los años de la Primera Guerra Mundial, un texto arquitectónico sobre el que las obras de Kcho ejercen una violencia discursiva a la cual contribuye sin dudas la decadencia física, la precariedad del edificio, sede del Ballet Nacional de Cuba y los festivales internacionales de ballet de La Habana. La localización de las piezas en este espacio fue realizada por el propio artista, lápiz en mano, mediante la elaboración de numerosos dibujos en los cuales coloca las obras a escala junto a personas, como frecuentemente ha hecho para otras exposiciones en museos y galerías.

Sin embargo, de los impresos que acompañan la muestra, ni junto a las piezas, obtendremos la imprescindible información curatorial que suele acompañar las muestras de tesis. Si el propósito de “Sacrificio..” era mostrar obras poco conocidas, era lícito evidenciar dónde se habían exhibido las mismas anteriormente fuera del país. Asimismo, el silencio comunicativo que rodea las piezas provoca otras interrogantes válidas: por qué el curador-artista jerarquizó éstas y no otras piezas de su extensa producción, bajo qué presupuestos fue realizada la selección cuando sabemos que existen obras más potentes? Qué rangos de significados o aproximaciones emotiva-artística-sentimentales implican las piezas para el artista, que puedan ser compartidas con el público más allá del mutismo y la obviedad usual en cierto arte contemporáneo? Cómo selecciona Kcho las piezas a construir físicamente de la extensa cantidad de dibujos acumulados en los cuadernos, cuando la tinta de los dibujos parece brotar impetuosa, encabritada como la sangre?

El periódico impreso no contribuye a aclarar estas preguntas, no se acerca a “Sacrificio..” en tanto muestra inicial de la propia colección de Kcho (estamos ante la fase inicial de un Museo Kcho?), ni echa mano a la innumerable cantidad y variedad de voces críticas internacionales que han comentado la obra del cubano desde sus inicios, lo cual sería un elemento orientativo útil para el público cubano. Más bien es la voz incuestionable de Kcho, la minuciosa narración de sus orígenes populares y familiares, quien nos acompaña a lo largo de varias páginas, pero obvia precisamente las motivaciones que generaron la re-presentación de las obras expuestas.

Para C. Matamoros, “más allá de toda circunstancia social aludida en su obra..…la experiencia del mar en Kcho se decide en el orden de lo absoluto”. Creo que es exactamente lo opuesto: la ríspida tensión creativa, el sparring brutal de corto alcance, el cortocircuito revelador entre las marcas de lo cotidiano insular y la trascendencia es ciertamente lo que colocará a Kcho frente al borde, ante la encrucijada. En los momentos en que ha dialogado/batallado- irreverente y respetuoso desde su circunstancia cubana- con iconos de la talla de Alexander Calder, el rumano Brancusi, el soviético Tatlin o Wifredo Lam, es cuando mayor coherencia ha mostrado. Si “Sacrificio en la Encrucijada” es el punto de inicio de otra nueva etapa, ya el tiempo lo dirá. Ahora, por el momento, es la confirmación de que un mito llamado Kcho continúa desatando provocaciones.

Hay más fotos de «Sacrificio en la encrucijada», que usted encontrará en la página de Facebook del CAN.

Abelardo G Mena Chicuri (La Habana 1962). Ex curador de arte contemporáneo del Museo Nacional de Bellas Artes, es consultor de la Colección Farber, Miami. Recientemente, ha creado en La Habana RM Estudio, una empresa de servicios de consultoría de arte para coleccionistas privados y corporativos.