Amelia Peláez, Peces, 1958

Desde el 4 de febrero hasta el 17 de Abril del presente, el edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes exhibe la muestra “Amelia Peláez, una mirada en retrospectiva”. La curadoría de Roberto Cobas, especialista de larga trayectoria en la institución, ha seleccionado cuarenta obras del extenso fondo guardado en el museo. A través de dibujos, lienzos, óleos, collages, podemos seguir la intensa producción de Amelia desde 1926 hasta 1967, un año antes de su muerte.

Nacida en 1896, Amelia ha sido reconocida por la crítica internacional como una de las creadoras imprescindibles en la vanguardia visual de América Latina en el siglo XX, junto a artistas como Tarsila do Amaral (Brasil) y la mexicana Frida Kahlo. Su pensamiento visual, riguroso y moderno, reelaboró los aportes de corrientes europeas como Cubismo, el Fauvismo y las Vanguardias Rusas hasta incorporar la arquitectura colonial y el espacio doméstico propio en un estilo inconfundible, barroco y sensual. Su obra estuvo totalmente enfocada en una exhaustiva investigación visual sobre el espacio cubano (la casa, la ciudad, el cuadro). La última década de su existencia transcurrió en Cuba Socialista pero sus obras no hicieron concesiones a la propaganda política ni al melodrama moralizante.

“Una Mirada en Retrospectiva” ha estructurado cronológicamente las piezas expuestas, de ahí que comience con “Paisaje de puentes grandes”, un colorista lienzo de 1926 de acentos post-impresionistas y que forma parte de la exhibición permanente. El recorrido concluye en 1967 con “Naturaleza muerta con piña”; es notable señalar que apenas un año antes de fallecer Amelia conservaba el trazo firme y la aguda creatividad de sus momentos clásicos. El recorrido prefijado por el curador muestra intencionalmente la construcción de un estilo propio a través de la evolución plástica continua, permanente, sosegada, sin saltos radicales. En este camino, Amelia se va dotando de un repertorio voluntariamente limitado de motivos visuales y de los recursos para expresarlos.

Estudió en la habanera Academia San Alejandro, donde fue alumna preferida del pintor Leopoldo Romañach, ahí conoció el aliento post-impresionista y simbolista del arte cubano de cambio de siglo. En 1927, cuando emprendió el viaje a París, La Habana era sacudida por dos movimientos: el inicio de la oposición política contra el presidente Gerardo Machado y el Salón de Arte Nuevo, verdadero manifiesto-exposición de la nueva pintura en Cuba. Publicaciones como la “Revista de Avance” daban cuenta del despegue—aún tímido—del arte nacionalista en la isla.

Para Amelia, París fue una fiesta. La Ciudad Luz—meca del arte moderno—era también el destino temporal de muchos artistas (Víctor Manuel, Eduardo Abela, Ramón Loy, Jaime Valls Díaz), y escritores cubanos como Alejo Carpentier. La despierta cubana matriculó en la enseñanza abierta de La Grande Chaumière, absorbió museos, hizo amistad profunda con la escritora cubana Lydia Cabrera, descubrió a Cézanne, Braque, Matisse, y sobre todo a Alexandra Exter, artista y refugiada rusa con quien tomó clases de dinámica del color, y diseño. Su huella sería imborrable en sus caminos posteriores de Peláez.

Regresa a Cuba en 1934 y se inserta en la activa comunidad cultural de la isla. Un año después, en el mes de febrero, exponía sus creaciones europeas en el Lyceum, importante institución femenina de La Habana; y renombrados intelectuales del país reconocen sus búsquedas de un arte cubano, moderno y sin concesiones efímeras a la política. Su participación en “Espuela de Plata” y “Orígenes”, publicaciones editadas por el poeta José Lezama Lima, la vinculan una vez más a la poesía cubana al tiempo que desplegó ante los escritores otros modos coincidentes de imaginar “lo cubano”.

En la década del 40 es la cristalización de su estilo. El protagonista de sus composiciones es el espacio doméstico, inspirado en la casa luminosa que compartía con sus hermanas en el barrio de La Víbora. A través de una línea sensual, rítmica, casi zen, Amelia crea sólidas estructuras visuales con las cuales encierra planos de color local sin matices, que le sirven simultáneamente como expresión de los elementos decorativos-funcionales de la arquitectura tradicional (rejas, vidrierías) cubana. Sus interiores con frutas insulares rompen con el ambiente cerrado de la pintura académica europea, donde las mujeres leían o parecían ensimismadas, y parecen proyectar el espacio íntimo de la familia: comedores, cocinas, salones de lectura, hacia la contemplación curiosa del ojo del espectador. No hay encierro riguroso, monacal sino la exhibición gozosa de lo familiar íntimo.

En 1944, el MoMA organiza en su sede de Nueva York la primera gran exposición de arte cubano y Amelia participa con once piezas, el mayor envío individual de un creador cubano. Su obra, que ha sido caracterizada como criolla, requiere aún estudios comparativos con otros artistas del continente como Remedios Varo o la norteamericana Georgia O´ Keeffe.